La cocina tradicional de Venezuela se recrea y enriquece con la inventiva de miles de amas de casa que todos los días preparan los alimentos de su familia.

La hallaca es uno de esos platos emblemáticos, de compleja preparación y sutiles combinaciones, en los que cada cocinera, cada tradición familiar, cada región, aporta un matiz diferente: en Guayana se le agrega tomate al guiso, en Los Andes, garbanzo; en el Zulia, plátano; en Los Llanos, carne de res; y en Caracas tiene un toque dulce.

La tradición del intercambio de hallacas contribuye a la formación de una memoria del gusto que preserva el sabor tradicional, más allá de las incidencias del momento, de la eventual escasez de algún ingrediente o del costo astronómico de algunos “adornos” (ciruelas pasas, aceitunas, alcaparras, tiras de cebollas, tiras de pimentón, rodajas de huevo sancochado y tocino).

La hallaca vive en el paladar de los venezolanos y en cada Navidad se renueva y multiplica, puede prepararse y saborearse con igual deleite en cualquier época del año, pero la Navidad es la fiesta de la hallaca.